18.11.09
Nada es insignificante_II
Al día siguiente relucía un sol asfixiante y en la mano de Alex brotó un hermoso pañuelo blanco-verdoso. Ahí estaba él, con su resfriado y su dolor de todo. Era viernes, gracias a lo que fuera, descansaría el fin de semana. Pero le daba la corazonada que los contratiempos no acabarían ahí. Intentó perturbar lo menos posible la voluntad de los objetos pero fue irremediable. Tuvo una visita que ni se imaginaba. Hacía años que no la veía, desde que él se marchó de casa para vivir su vida.
Abrió la puerta y se la encontró con los brazos abiertos y una amplia sonrisa gritando: —¡Aaaaaleeeex!
—¡Hola Ana! ¡Hermana! ¡Qué sorpresa! ¿Qué se ha perdido por aquí?
Ana arrugó la cara: —Siempre tan emotivo hermano...— Alex sonrió con sorna.
Su hermana Ana era la antítesis a él. La espontaneidad que esta desbordaba daba muchos quebraderos de cabeza a Alex y tenía comprobado que donde estuviese ella algo podía ir peor: —Pasa. ¿Qué te trae por aquí?
—Pues he venido expresamente a hacerte una visita y a...—Ana dejó el suspense en el aire y Alex se estremeció: — ... y si me acogías por un tiempo. Estoy buscando trabajo.
—¡Ah, vaya!— Alex no se lo pensó mucho y rápidamente respondió: —Claro, puedes quedarte. Te prepararé el trastero.— Ana se quedó perpleja “¿el trastero?”: —Gracias hermano, supongo...
Alex pensó que tal vez ya no fuera tan gafe y quería comprobarlo, por eso le dio esa oportunidad.
13.11.09
Nada es insignificante_ I parte
Nada es insignificante, esta era la constante premisa en la vida de Alex. Era un chico un tanto maniático a los ojos de los demás, pero que bajo esta apariencia excéntrica albergaba un terror respetuoso, un temor hacia los objetos que le rodeaban, ya podían ser de lo más cotidiano que, para él, escondían una fuerza secreta capaz de cambiar la suerte de quienes quisieran.
Aún así, Alex llevaba una vida aparentemente normal. Él pensaba que si respetaba a los objetos con los que convivía, estos a su vez no le originarían ninguna desgracia. Es por esto, que sus días eran todo lo ceremoniosos que Alex consideraba necesario, a no ser que alguna fuerza oculta le hiciese cambiar algo para que todo siguiera un curso tranquilo.
Comenzaba su día bien temprano, se aseaba, desayunaba, se vestía, mientras esperaba que la cama se enfriara y aireara, era lo último que hacía. Luego salía hacia el trabajo, se dirigía hacia la parada del autobús, si a las y veintidós no aparecía, eso quería decir que le tocaba ir a patitas. No era porque fuese a llegar tarde al trabajo, sino porque se sentía traicionado por el autobús, aunque después seguramente tuviera que arrepentirse por odiarlo y aprender a apreciarlo, porque cuando fuese de noche y lo necesitara, el autobús lo dejaría colgado. Seguro. Era una de las cosas por las que sentía un amor-odio. Pensaba después de esto, en la posibilidad de una bicicleta para desplazarse, pero era ésta a la que sí tenía un profundo respeto. “Después de aquel accidente...” se decía a menudo. Fue un accidente que sucedió tontamente pero del que tuvieron que intervenirle quirúrgicamente. Por eso, aunque viese todos los beneficios de una bici, tenía ese terror presente.
En el trabajo intentaba mantener la calma. Ver a todos esos objetos a que los maltrataban no le gustaba nada y se persignaba a escondidas. La fotocopiadora era especialmente insultada y aporreada. Cuando él tenía que manejarla, le susurraba cosas agradables y posaba suavemente su mano sobre la cubierta de plástico. Conseguía salir del paso; con él no debería tener ningún rencor. El ordenador era un hueso duro de roer. Aunque le fastidiase profundamente, intentaba mantener la calma para no zurrarle una manta de tortas y blasfemias... porque luego pasa que lo deja tirado con un trabajo terminado sin imprimir, y resulta que la avería consiste en un disco duro quemado. Así que mejor le dejaba su tiempo y miraba hacia otra parte, por si le incomodaba su vista fija en el monitor. El único problema que tenía con los compañeros era que ellos no se daban cuenta de lo mal que trataban a los objetos con los que convivían y siempre estaban exasperados y gritando. Alex intentaba tímidamente hacerles comprender la situación, aun sabiendo lo que pensaban de él. Se daba por vencido y desistía “ya verán lo que hacen”.

