Ana salió rápidamente del trastero: —¿Qué pasa qué pasa?
—¡Qué es todo este desorden!
—Nada Alex, estaba haciendo sitio...
—¿Sitio para qué?¿No ves cómo lo has puesto todo?
El salón estaba lleno de cajas y trastos. Un completo desorden para Alex, una traición a todos esos objetos que los sentía clamarle que los devolviera a su sitio. A Ana en el fondo le hacía gracia la excentricidad de su hermano.
Alex no podía hacer una cosa con ella sin que se irritase. Para él Ana todo lo hacía mal, todo lo ponía descolocado. Todo era un desastre.
El lunes volvió al trabajo. Ese día se levantó dando un pisotón al suelo con el pie derecho, salió de su casa dando otro pisotón y santiguándose fuertemente. Seguía irritado. Temía que sino se controlaba tomaran represalias contra él.
Pero en la oficina fue a peor. Se peleó con la fotocopiadora y el ordenador, los bolígrafos y los papeles saltaban por los aires. El jefe le llamó la atención al ver que tenía incluso a los compañeros atemorizados.
Estuvo así toda la semana. Su hermana no encontraba trabajo y se pasaba todo el día en casa, perturbando el orden natural de las cosas. Para Alex se convirtió en un suplicio estar en casa y en la oficina y en cualquier parte. Sólo veía objetos igual de irritados que él, enfadados, indignados, reclamando su lugar, el trato que merecen, amenazándole...
Alex se sentía demente, tenía que hacer algo. Desde que llegó su hermana todo empeoró. Quiso darle una oportunidad por si había cambiado pero estaba comprobando que no, que seguía siendo igual.
Una buena mañana lo decidió. El puesto de Alex en la oficina apareció vacío. Nadie pudo dar con él. El día transcurrió silencioso. Por la noche sofocaban un incendio en el apartamento de Alex. No se supo tampoco de Ana.

